Llegaba el final de nuestra historia. Yo aún no lo sabía, a pesar de que tú lo llevaras meditando algún tiempo. No es cuestión de que no te escuche sino de que no hablas, al menos, no de lo que no te interesa.
Al principio tus caricias eran como salidas de un sueño. Ahora sólo son estigmas en mi piel, llagas que tardarán años en cicatrizar.
Pensé que te había perdido, pero ahora sé que nunca te tuve. Dejaré que mis heridas sangren para que cuando te sirva ese plato frio, aún puedas beber de ellas.